Giros a la plazoleta,
vueltas al trote al verde pasto de amaneceres escarchados
y flores congeladas por la niebla.
Es tan temprano que aun no se despiertan los relojes,
y yo que estoy dándole vueltas a la plaza del barrio.
Sin cruzar ni media palabra
nos hemos cruzado en las cuatro estaciones
por más de dos años.
Las mañanas lluviosas de mitad de año nos conocen,
las hojas secas nos abren el paso
de las noches de abril bajo los faroles,
el verano nos dibuja juntos en la tierra por sombras que se besan,
y en las mañanas de primavera, como estas,
recorro tu camino florido tras tus huellas aun vivas.
Cierro la puerta de la pensión
suspirando un grito que me dice al oído:
“hoy la veré”
me convenzo de aquello,
luego,
cierro la reja del antejardín,
se me entumecen las manos con el frió metal,
el café y las tostadas son ya una lagrima
que se desvanece en mi rostro
tras salir de mi ojo sentimental.
Abrocho mis zapatillas,
subo el cierre de mis bolsillos,
presiono “play” en mi reproductor,
suena el temita de Yann Tiersen
con el que sonreíste en la tienda de la tía Carmen,
ocasión en que entraste tras de mi
y tan solo compraste una manzana,
que acabaste mientras yo me decidía a saludarte
con alguna excusa miserable.
Aquel día saliste del local,
cayeron tus llaves,
te hable,
no muy fuerte,
no tan solo por cobarde,
sino además alego haber estado afónico
tras la lluvia de esa salida matutina.
Hoy llevo las mismas llaves en mi bolsillo izquierdo,
por si te me cruzas me he impuesto detenerte,
entregártelas y robarte un beso
que me quite estas ganas locas
que llevo cada mañana,
en cada encuentro,
en cada mirada que pasa al vuelo.
En el trayecto a la fuente de la plaza,
donde te veo cada día echar a correr tu cronometro,
me he topado con miradas de oro,
la de una anciana que divaga,
la de un niño que me saluda desde el balcón,
¿en que pensaran sus entrañas cuando no hablan?,
me recuerda a mi abuelo,
son seres que sobrevuelan la nada,
mientras que lo no real los envuelve,
los atrapa,
como quien sale cada mañana a perseguir
una caballera imaginaria.
Solemos tomar rutas dispares,
bendita la mal nacida física que dice que polos apuestos se atraen,
después de diez minutos llegamos al fin del camino,
damos la vuelta y volvemos al inicio,
donde cada día yo te espero
y tu me caes encima,
con tu acuarela de ojos dulces,
y tu cuerpo coqueto por naturaleza.
Esta vez cuando vuelves a mi encuentro
disminuyes el ritmo unos pasos antes de lo habitual,
un hombre de la tierra que duerme en su nido
desvía tu atención por un momento,
no me veras pienso,
tu te acercas
y para cuando yo paso por tu lado,
levantas la mirada,
muy tarde,
no me detengo,
a los pocos pasos me disuelvo en el viento. 
Giros
20080514 | escrito por: Gºñº a las 17:10:00 | hablo de: amanecer, amor, coincidencias, cuentos, historias minimas
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