Una copa con restos de Johnnie Walker,
un reloj de pulsera desteñido
y un calendario de Julio de milnovecientosnoventayseis,
escenario ideal para escribir excesos de melancolía.
Tan utópico marco que decido apelar al sentido practico,
reconfiguro el espacio
y ubico a don Salvador Parra en Junio del año recién pasado,
en esa misma casa de avenida Roosvelt,
sentado en la misma mesa en que trasnochaba hace casi once años atrás,
eso si esta vez su mujer ya no duerme en la habitación contigua,
ni sabe bien en donde es que duerme su ahora ex mujer,
aunque a decir verdad y tal como el suele manifestar:
tampoco le importa realmente saber donde es que ella valla amanecer.
Esta tarde es un poco mas temprano de lo que era aquella vez
de tragos escoceses,
además se encuentra mas solo que antes,
alrededor de la mesa solo tiene una silla,
la misma de siempre,
la única con cuatro patas que aun le es fiel,
pues Florencia,
su labradora,
supuestamente la mas devota de la mascotas,
lo dejo hace un tiempo,
al igual que doña Sofía,
con quien estuvo casado por mas de veinte años.
Cuando el reloj apunta las diez de la noche,
don Salvador va al ropero,
toma su manta,
sus anteojos
y un libro que su hijo Vasco le regalo para el día del papá,
y al que el viejo hombre se había resistido a leer,
pues le causaba espanto el que el titulo del libro fuese
“El mundial del setenta y dos”
y que en su portada apareciese un Volkwagen,
carro que reconoció pues era del mismo modelo que condujese en aquellos años,
y que recibiese como regalo de su padre
para su graduación a comienzos de aquella década.
Poco importo que desconociese al autor,
tomo una copa de vino tinto,
y a los pies de árbol de su jardín
se sometió a una lectura de medianoche,
que finalizo cinco horas después de iniciada,
y que le entrego como recompensa en su ultima hoja una profunda emoción,
pues en una de sus postreras paginas
aparecía la imagen de un mensaje escrito en las pizarras del pueblo,
que con un notorio tono irónico decía
“confía en las F.F.A.A.”,
contraproducente y paradójico pensó,
ya que durante aquel periodo vio como su padre,
oficial de las fuerzas armadas,
llegaba cada noche a llorar,
frente a una virgen
ubicada en el comedor de la misma casa en que hoy vive don Salvador,
acto con el que el su distante progenitor
buscaba remedir sus culpas ante las sesiones de tortura que debía dictaminar
cada jornada antes de volver a su hogar,
en el que enfrentaba la inocente mirada de su familia
a la que respondía con completa frialdad,
escondido tras una mascara de pasividad incoherente con la realidad.
Pero lo que consiguió hacer caer en llanto
Pero lo que consiguió hacer caer en llanto
Al señor Parra fue la foto que su hijo había adjuntado a la contraportada del libro,
y que solo encontró cuando esta cayó al pasto del patio de la antigua casona,
en la que se veía sentado en la mesa del comedor,
acompañado por Vasco,
Sofía,
y Florencia al amparo de la misma virgen de hace años atrás.
La copa ahora vacía,
el árbol victima de la estación,
la casita desocupada de la labradora
y el calendario que apunta que hoy cinco de Junio en Concepción.
¡Salud por eso don Salvador!
1 comentarios:
salvador parra, que hombre tan desamparado.
me doy cuenta que tu forma de escribir se basa en la tristesa.
¿en quien piensas cuando escribes?
saludos noctambulos.
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